Hoy sí hemos ido al Teide. En el coche alquilado. Ha conducido Álvaro de subida y su padre de bajada. La carretera era muy curiosa: primero pasamos por el pueblo de La Orotava, luego un bosque de pinos y después la nada. Matorrales y paisaje volcánico, había montañas y páramos de colores muy característicos: rojizo, mostaza, etc.
Una vez arriba hemos hecho una hora de cola para canjear el billete y subirnos a la cabina del teleférico. Da miedito. A cada poste el teleférico se inclinaba más y más. Al llegar a la estación superior solo pudimos darnos un paseo por los alrededores porque los senderos estaban cerrados por el hielo y la nieve. Otro sitio al que tendremos que volver. Además había muchas nubes y no pudimos ver mucho desde arriba. Normalmente se ven La Gomera, El Hierro y Gran Canaria. Lo dicho, que habrá que volver.
Hemos vuelto al hotel para comer y por la tarde le hemos dado una segunda oportunidad a La Laguna. Hoy hacía mucho menos frío y hemos podido pasear mucho más a gusto. Hoy había una carrera popular, la San Silvestre Lagunera y estaba todo lleno de gente preparándose para la salida. Hemos dado un paseo y para el coche de vuelta, que había que ponerse guapos para Nochevieja.
Al principio hubo un cóctel con aperitivos que estaban medianamente bien, pero el asunto fue a peor al entrar a la sala. En primer lugar nos sentaron con 6 desconocidos, y además la comida no estuvo ni medio regular: primero había una crema de langosta a la que pude darle solo dos cucharadas, después una ensalada de langostinos insípidos y fruta igualmente insípida, para seguir, un sorbete de melón que fue lo mejor de la cena, porque el solomillo (aún no sabemos de qué animal) del plato principal estaba calcinado. Al principio nos pusieron un vino blanco medio apañao, pero después el tinto no había quien se lo bebiera. Un desastre, vamos. El postre no arregló la cena, era un pastel de almendras súper dulce con unos profiteroles de pega.
Después pasamos a la sala de baile (yupi...) a tomarnos las uvas, ponernos el cotillón por encima y brindar con el champán que nos dieron. A mí me pusieron 11 uvas (empezamos bien...) y tuve que racanearle una al padre de Álvaro, que tenía una de más.
Tras las uvas empezó el festival de música de antes de la guerra que hizo las delicias de todos aquellos nacidos antes de 1930. Por desgracia ninguno de los cuatro cumplía este requisito y los padres de Álvaro se subieron a la habitación a las 0:30. Nosotros aguantamos un poco más tomando algo. En un momento pusieron la Danza Kuduro y bailamos como si no hubiera mañana, lástima que la siguiente canción ya perteneciera al repertorio de antes. A las 2 ya estábamos arriba.
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